¿Alguna vez habéis asistido a un exquisito banquete digno del mismísimo Maharajá de Kapurthala, y una vez finiquitado habéis concluído que, bien pensado, lo más disfrutado fué ese mimado postre que se coló inocente entre los faisanes a la Royal, las ostras marinadas a la “Bleu”, el lenguado “Meunière” y demás excentricidades culinarias? ¿No? Yo tampoco -cosas del bolsillo-, pero hagamos un esfuerzo de imaginación.
Así es Shutter Island dentro de la filmografía de un maestro como Scorsese. Una exquisitez, una guinda, un capriccio; un paréntesis para huir de grandilocuentes riesgos cinematográficos y ofrecenos un genial homenaje-en toda regla- a la larga y fructífera historia de amor entre el thriller psicológico y el séptimo arte.
“Pues úsalo para vaciar tu espíritu, liberarte y llegar al Tao, y cumplirás el deseo por el que tanto has practicado. Usa ese último suspiro para conseguir la paz eterna… No lo desperdicies…, hablando conmigo…”
“He desperdiciado mi vida. Lo usaré para decirte que siempre te he amado. Prefiero ser un fantasma a tu lado y seguirte a todas partes, que entrar…, que entrar sin tí en la eternidad más absoluta… Por tu amor, no me convertiré en un alma en pena…”
La muerte de Li Mu Bai es, para mí y con diferencia, la escena de amor más emotiva del cine “moderno”. Como sobre gustos no hay nada escrito, no he de porfiar demasiado con otros grandes momentos del cine al respecto -no me atrevería a aventurar un resultado-. Cada uno tiene el suyo. Aquel que le arranca un trocito del alma. Así que, concedido y blasfemo, que me perdonen -por poner algún conocidísimo ejemplo- los Titanic, Ghost, Casablanca, Molin Rouge, Pretty Woman y compañía. Me quedo con la exquisita dirección de Ang Lee y su asombrosa capacidad para conseguir que dos actores de acción, transmitan una emoción tan real en una escena absolutamente ajena a sus registros interpretativos habituales.
Mil novecientos noventa y dos. Bajan del coche como se tiene que bajar. Con una sonrisa de oreja a oreja. El capó, vaporoso en el frío de la noche, refleja en sus ojos el irisado de las luces navideñas y el tráfico, contrario y escaso para las ocho, les deslumbra ocasionalmente mientras se dirigen felices hacia la esquina de los sueños. En el semáforo una niñita con alitas de abejita gordinflona devora un algodón de azúcar, y los villancicos les recuerdan, como si pudiera olvidarse, que es la noche de la Paz y el Amor. El tiempo de la felicidad y el infinito buen rollo. El tiempo de los cascabeles, de volver a casa y de El Corte Inglés. Tiempo de comprar y tiempo de llorar. De alegría.
Antes de que esto se llene de voyeurs digitales una aclaración: Esta no es una entrada autobiográfica, pillines. Así que, que nadie se frote las manos. “La historia completa de mis fracasos sexuales” es el explícito título del documental protagonizado por el director inglés de cine “independiente” Chris Waitt, en el que cámara en mano, y en un dudoso alarde de sinceridad, realiza un repaso pormenorizado de su vida psico-sexual con el aparente objetivo de intentar superar el penoso estado físico y emocional en que se encuentra sumido. Treinteañero, inmaduro, solo, guarro, odiado, e impotente, Waitt se propone analizar para la cámara su propia vida sentimental y sexual, con el firme propósito de madurar -y de paso terminar el documental- pero con escasas ganas de caerse del árbol. Como él mismo confiesa cuando una “ex” le recrimina que no respondiera a sus cartas de amor “Es que soy un vago”.
¿Qué puede transformar a un ‘fps‘ de vulgar y repetitivo “mata-todo” en obra maestra? ¿Cuál es la diferencia que nos lleva con rotundidad a asegurar que jugamos a algo sublime, diferente, moviendonos sin embargo en un espacio tan trillado -desde los clásicos Doom o Wolfenstein- como los ‘juegos de disparos en primera persona’? ¿Puede acaso renacer lo monótono trasmutado? ¿Es posible reinventar lo inventado? Bioshock -desarrolado por 2K Boston, antes Irrational Games- viene a confirmarnos que el talento todo lo puede. Y lo puede a través de la inmersión creativa. La capacidad de transmitir, de llegar con fuerza, generando emociones nuevas e intensas en base a una espectacular dirección artistica, jugabilidad y una narrativa envolvente y poderosa. Pues si de algo puede presumir Bioshock es de haber conseguido sublimar el género en obra de arte. Algo que en mi modesta opinión, no había conseguido nadie hasta ahora.
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