¿Alguna vez habéis asistido a un exquisito banquete digno del mismísimo Maharajá de Kapurthala, y una vez finiquitado habéis concluído que, bien pensado, lo más disfrutado fué ese mimado postre que se coló inocente entre los faisanes a la Royal, las ostras marinadas a la “Bleu”, el lenguado “Meunière” y demás excentricidades culinarias? ¿No? Yo tampoco -cosas del bolsillo-, pero hagamos un esfuerzo de imaginación.
Así es Shutter Island dentro de la filmografía de un maestro como Scorsese. Una exquisitez, una guinda, un capriccio; un paréntesis para huir de grandilocuentes riesgos cinematográficos y ofrecenos un genial homenaje-en toda regla- a la larga y fructífera historia de amor entre el thriller psicológico y el séptimo arte.
Ayer recibí por e-mail el enlace al vídeo que tenéis sobre estas líneas (gracias Nathalie). Emisión -de hace ya algunos meses- que si se merece esta pequeña entrada en el blog es porque sinceramente, creo que nunca en mi vida había oído una justificación más “patatera” y poco profesional ante algo, por otra parte, dificilmente justificable. De veras. Consejo: Si algo es estúpido, tapémoslo señores, justifiquémoslo en nuestro fuero interno, sin alardear, a la luz de las velas y la fe si es menester. Pero no hagamos el público ridículo, leches. Y menos en la tele (¿habéis visto la pinta del presentador a pie de farmacia, el tal rafa G.). “Venga, vamos a ver como defendemos al Papa…¡Qué alguien con huevos vaya y traiga una caja de condones a ver que sacamos del prospecto!”. Lo malo es que estos “profesionales” de la comunicación -¡la manicura de África no destaca!- representan, en teoría, a una parte importante -y recalcitrante- de la sociedad de este país. En fin, una prueba más de los problemas que puede acarrear la infalibilidad papal, y por extensión, la estupidez humana.
Primer punto: Yo no soy imparcial. Me gustan las historias de vampiros. Desde el Drácula de Bram Stoker (1897) o el Nosferatu de Max Scherk (1922), hasta este último Crepúsculo de Stephenie Meyer, pasando por toda la retahíla de cuentos, historias, películas y juegos (algunos de ellos realmente tan infumables como vergonzosos) que nutren el mito de los no muertos. Eso no quiere decir que los conozca todos, no nos confundamos. No llego a tanto. La sangre, como a todo hijo de vecino, no me sabe a ambrosía (¿metálico ferroso?), y mi sed se limita al agua embotellada, Coca-cola y algún vasito de vino descarriado en las comidas. Tampoco duermo en una caja de pino. Mi mujer no me dejaría.
Lo que quiero decir es que mi opinión sobre el libro de Meyer es, seguro, mejor de lo que el libro es en sí. Me divierte la temática, y quizá acabo encontrando algo más que lo que el mismo autor propone en sus páginas (muchas veces rememorando otras lecturas, mejores y pasadas). Así que, advertidos todos, vayamos a ello.
Confesión: A mí el mar me da miedo. Queda mejor decir respeto, lo sé. Pero seré franco, miedo se ajusta más a la realidad. Y no me refiero a chapotear en la orilla, ni a echar cuatro carreras con el agua por la cintura y rodeado de domingueros en bermudas gritando ¡Pásala! ¡Pásala! Me refiero al mar abierto: Al “open water”. Un desasosiego que te invade, una indefensión ante la inmensidad oculta bajo tu pecho que me hace siempre añorar las montañas. “Hijo, eres de secano”. Bueno, supongo que es verdad.
Así que el descubrimiento del submarinismo fué, en cierto modo, como una liberación. Te sumerges y pasas a formar parte de ese mundo silencioso y mágico, donde sólo te acompaña tu propia respiración y todo parece saludarte. No eres un extraño. O no del todo. Después subes y con el agua de nuevo al cuello sientes esa irrefrenable sensación de vacío y la necesidad imperiosa de volver a sumergirte para neutralizarla. Sin oxígeno mejor volver al barco. Sí, mejor.
El sacrificio de calidad para obtener una ventaja posicional es una de las jugadas más delicadas de ejecutar en el ajedrez. Ya sea un gambito o un sacrificio con la intención de forzar un jaque mate, exige un conocimiento exhaustivo del juego y de las ventajas que vamos a obtener con ello. De otro modo se convierte en una mera ilusión, donde acabamos observando con resignación a nuestra pieza inmolada, aparcada y solitaria a un lado del tablero.
En política, como en cualquier otra guerra sucia, el sacrificado es menos loable. Hace su papel (normalmente algo reprochable) y queda por ello fuera de juego. Pero como no es de madera ni de plástico brillante, exige una contraprestación. ¡Oye! Carecer de dignidad no significa ser tonto: al fin y al cabo la estás vendiendo. Y es aquí donde encendemos la cajita esa del salón y alucinamos. Y deberíamos estar acostumbrados pero no. Por un tubo.
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