Ayer recibí por e-mail el enlace al vídeo que tenéis sobre estas líneas (gracias Nathalie). Emisión -de hace ya algunos meses- que si se merece esta pequeña entrada en el blog es porque sinceramente, creo que nunca en mi vida había oído una justificación más “patatera” y poco profesional ante algo, por otra parte, dificilmente justificable. De veras. Consejo: Si algo es estúpido, tapémoslo señores, justifiquémoslo en nuestro fuero interno, sin alardear, a la luz de las velas y la fe si es menester. Pero no hagamos el público ridículo, leches. Y menos en la tele (¿habéis visto la pinta del presentador a pie de farmacia, el tal rafa G.). “Venga, vamos a ver como defendemos al Papa…¡Qué alguien con huevos vaya y traiga una caja de condones a ver que sacamos del prospecto!”. Lo malo es que estos “profesionales” de la comunicación -¡la manicura de África no destaca!- representan, en teoría, a una parte importante -y recalcitrante- de la sociedad de este país. En fin, una prueba más de los problemas que puede acarrear la infalibilidad papal, y por extensión, la estupidez humana.
¡Tachaaaannnnnn! Ya llega. Ya está aquí. Nos acercamos al momento X. El momento de la histéria colectiva, las máscaras protectoras y las galopadas a los grandes almacenes para atiborrarnos de todo aquello que nos permita subsistir en nuestros búnkeres televisivos. Al ataque señores, el pistoletazo esta cerca. Arrasemos los carrefoures, las farmacias y los hospitales. Gritemos todos al unísono, saquemos a nuestros hijos de los colegios, desgarrémonos los ropajes y corramos. Rápido. Es el dia D, la hora H, el momento X. El momento del frío y la gripe A. ¡Temblad! ¡Temblad malditos!
El sacrificio de calidad para obtener una ventaja posicional es una de las jugadas más delicadas de ejecutar en el ajedrez. Ya sea un gambito o un sacrificio con la intención de forzar un jaque mate, exige un conocimiento exhaustivo del juego y de las ventajas que vamos a obtener con ello. De otro modo se convierte en una mera ilusión, donde acabamos observando con resignación a nuestra pieza inmolada, aparcada y solitaria a un lado del tablero.
En política, como en cualquier otra guerra sucia, el sacrificado es menos loable. Hace su papel (normalmente algo reprochable) y queda por ello fuera de juego. Pero como no es de madera ni de plástico brillante, exige una contraprestación. ¡Oye! Carecer de dignidad no significa ser tonto: al fin y al cabo la estás vendiendo. Y es aquí donde encendemos la cajita esa del salón y alucinamos. Y deberíamos estar acostumbrados pero no. Por un tubo.
Recent Comments