Bueno ¿y ahora qué? Es decir, vale, nuestra flamante blanquita luce ahora impertérrita en nuestro salón. Sea porque los Reyes estuvieron espléndidos, porque tu hijo/novio(a)/marido/esposa insistió lo indecible (¡Ni consola ni consolo!) o porque ese sueño de Miyamoto pidiendo limosna bajo el puente te llegó al corazón (todos sabemos que anda algo escaso de efectivo), el caso es que la Wii llegó a la república autónoma de tu casa, y ahora, después de unas navidades de raquetazos, bateos incontrolados o marcándote strikes como churros a los bolos (tranquilo, no diré nada sobre ese jarrón untado de superglue) llega el momento fatídico en que te preguntas ¿y ahora qué? ¿hay vida después de Wii Sports, Wii Fit o Wii Music? ¿Que me queda? ¿El imagina ser mamá de Ubi?
Primer punto: Yo no soy imparcial. Me gustan las historias de vampiros. Desde el Drácula de Bram Stoker (1897) o el Nosferatu de Max Scherk (1922), hasta este último Crepúsculo de Stephenie Meyer, pasando por toda la retahíla de cuentos, historias, películas y juegos (algunos de ellos realmente tan infumables como vergonzosos) que nutren el mito de los no muertos. Eso no quiere decir que los conozca todos, no nos confundamos. No llego a tanto. La sangre, como a todo hijo de vecino, no me sabe a ambrosía (¿metálico ferroso?), y mi sed se limita al agua embotellada, Coca-cola y algún vasito de vino descarriado en las comidas. Tampoco duermo en una caja de pino. Mi mujer no me dejaría.
Lo que quiero decir es que mi opinión sobre el libro de Meyer es, seguro, mejor de lo que el libro es en sí. Me divierte la temática, y quizá acabo encontrando algo más que lo que el mismo autor propone en sus páginas (muchas veces rememorando otras lecturas, mejores y pasadas). Así que, advertidos todos, vayamos a ello.
Casi fin de semana y os dejo un par de trazos que gustarán a todos aquellos que a través de la lectura, o de nuestros compatibles, hemos disfrutado del Lobo Blanco (Gwynnbleid). El carismático Geralt de Rivia: El carnicero de Blaviken y la pequeña Ciri (La Leoncilla de Cintra).
Primeras páginas de “El último deseo”:
Huelga decir que a nadie le gusta que le tomen el pelo. Y más cuando la tomadura es de tal calibre, que sólo el intenso sentimiento de vergüenza ajena consigue mitigarlo en alguna medida. Es el riesgo que todos corremos. Entramos en la sala y nos abandonamos a nuestros sueños, pero estos no siempre son serenos y alguna vez, se tornan en auténticas pesadillas.
La cosa tiene más delito cuando lo que se juega es el sueño de ficción de toda una generación. Nosotros crecimos con él, con Indiana. En esos años dorados en los que Spielberg no era simplemente “El rey Midas de Hollywood” y Lucas arriesgaba los titos en la producción de novedosos films de ficción. Desde E.T. y Star wars hasta Indy. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? Ellos eran nuestros magos, los estandartes de nuestra ilusión. E Indy nuestro héroe. El mejor.
Es inevitable. Después de leer El Señor de los Anillos, la mayoría de aquellos que de un modo u otro somos aficionados a la literatura de ficción pasamos “el bache”. Dícese de aquella situación de apatía lectora y desconfianza general hacia todo lo que huela a fantasía de masas. Vemos clones, semiplagios, y reminiscencias tolkenianas de segunda en casi todo lo que cae en nuestras manos y que huela a medievo, elfo, enano o similares. Y todo nos resulta igualmente plano, sin la especial solvencia narrativa y cercanía emocional que compartimos con la obra magna del profesor. Es normal.
Esta desmotivación y mi manía de huir sistemáticamente de todo aquello que pueda oler a bestseller hizo que durante mucho tiempo eludiera abrir las páginas de “Juego de Tronos”, el primero de los libros que conforman la saga de “Canción de Hielo y Fuego”, en esa extraña huida hacia adelante que siempre, de un modo u otro, el tiempo y la curiosidad terminan por frenar.
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