Hay veces que uno se cansa. Se cansa de escuchar y leer las mismas estupideces una y otra vez, en los medios, en las tertulias, en los bares o en los blogs -incluso las propias-, como si esperáramos con tal estrategia de martillo psicológico, convertir nuestra visión personal en una verdad inmutable de incontestable transcendencia. No es así. Hasta los pocos personajes que pululan con alguna neurona en verde -algo inusual en los tiempos que corren- evidencian a menudo trazas de razonar con terrible dificultad, toda vez que consciente o inconscientemente, han sucumbido adheridos alguna de las tendencias de opinión que ahogan nuestra capacidad de pensar con libertad. Son nuestros miedos como humanos los que nos guían a través de la aparente seguridad que proporcionan estas consignas decadentes, y la arrogancia la que nos hace disfrazar de originalidad las mismas posiciones.
Amin Maalouf-a parte de un excelente novelista y reciente Príncipe de Asturias de las Letras- es uno de esos escasos autores contemporáneos capaces de operar intelectualmente con manifiesta autonomía. Su último ensayo, El desajuste del mundo: cuando nuestras civilizaciones se agotan, ilumina con entereza ese espacio inhabitado donde reside la sensatez y no hay cabida para los grandes males de nuestra civilización occidental, a saber; la insensibilidad y la arrogancia.
Cuando un periodista cae en lo absurdo se convierte en un bufón. De eso en España sabemos un rato largo. Aquí, donde es tan difícil topar con un verdadero periodista como encontrar a un juez destetado en el tribunal Constitucional, los esbirros del poder y las grandes corporaciones audiovisuales nos obsequian diariamente con vómitos periodísticos que pugnan entre ellos por ser merecedores del galardón a la parcialidad supina. Los chupatintas de derechas -todos conocemos el abc de la razón luchando por su libertad digital- nos aburren con sus discursos mesopotámicos y antediluvianos, losánticos o cesarvidálicos, empeñados en defender a dentelladas, cual adalides de la cristiandad, unos supuestos valores que ha mucho fueron olvidados por ellos mismos. Los butifarras de la izquierda, melosos y abigarrados, gestados y alimentados muchos de ellos como contrapunto a la explosión pp-cámbrica que suposo la victoria de Zp allá por el 2004, viven eternamente en pie de guerra, furibundos y pluralizados, como indios confinados en su reserva, condenados a morder la bota de Cáster toda vez que reciben un nuevo pepinazo desde la otra orilla del río. Leyendo a unos y otros sabes, con absoluta certeza, que han perdido el norte. Y lo que es peor, no sabes si compadecerlos, odiarlos o simplemente perdonarlos, estando como están sumidos en esa vorágine de estupidez a la que todos, de un modo u otro, pertenecemos como especie.
El último espectáculo pseudo-periodístico pudimos presenciarlo anteayer con el episodio del asalto -en aguas internacionales- por parte del gobierno israelí a la flotilla humanitaria que partió de Turquía destino Gaza. El espectro de encuentros periodísticos que cubrieron el evento fue de nuevo amplísimo, pero esta vez llamó mi atención un artículo fotográfico en Libertad Digital donde se intenta justificar en base a unas supuestas pruebas fotográficas, tanto el acto flagrante de piratería en sí, como la muerte a manos del ejército israelí de al menos nueve personas (como si pudiera existir justificación alguna). Atentos. Eran de los malos: moros sanguinarios, lobos disfrazados de borreguitos de Norit, simpatizantes del tren de la bruja, monjitas con uzis escondidas en las ligas, suicidas armados al fin, preparados para todo. Además ellos dispararon primero, y los sacrificados boinas verdes del ejército israelí se vieron obligados a defenderse ante tamaña injusticia. Nueve a cero. Es la guerra. Cosas que pasan.
La noticia no es nueva. Zapatero decide, por fin, y en un acto de responsabilidad manifiesta -aplausos-, claudicar ante las “recomendaciones” impuestas por las entidades benéficas -como el FMI- que dictan las directrices económicas de nuestro mundo. También le ha llamado Obama. Lo pilló en pijama, claro. La dichosa diferencia horaria. Así que sin poder sostener los párpados y casi sin darse cuenta le dijo que “sí”. Un colega es un colega.
Sin embargo, esta entrada no habla sobre los cada vez más asiduos e intempestivos vaivenes de Zp, sino de sus consecuencias. En concreto de la huelga convocada por los funcionarios españoles para el día 8 de junio -antes algún descarriado amenazaba con trabajar “menos”, de huelga a la japonesa nada-. La cosa es que se echarán a la calle a defender sus salarios. Para eso están los derechos constitucionales. Para defenderse uno cuando le tocan allí donde más duele. Faltaría más.
La mayoría de vosotros habréis visto el video del discurso del activista del IVAW (Iraq Veterans Against the War) Mike Prysner de “final de año” -gracias Nathalie-. Me parece interesante destacar al respecto, brevemente, como el discurso gira en torno a la idea del racismo, en el sentido de identificar claramente a éste como uno de los instrumentos más poderosos para generar corrientes de opinión favorables, mover a las masas en la dirección deseada e incluso hacerles comulgar con cosas que, indefectiblemente, atentan contra el sentido común y la misma decencia como seres humanos -véase la guerra-. Racismo en el sentido estricto de la palabra. Hacer que aquel que tiene en sus manos el “trabajo sucio”, lo haga con el convencimiento de que su patria, su sistema, sus ideas, su forma de ver la vida y en definitiva, él mismo son superiores a los que tiene que sojuzgar. ¿Cuantos de nosotros creemos consciente o inconscientemente que la democracia, nuestra religión -o nuestra falta de ella-, nuestras ideas políticas, nuestro estilo de vida, nuestros sistemas económicos, nuestra cultura son superiores a los de los demás? ¿No somos más avanzados, mas civilizados, más buenos, más cuerdos, más guapos?
Ayer tuvimos la oportunidad de ver a los últimos tres presidentes norteamericanos haciendo una solemne declaración conjunta de apoyo incondicional y ayuda a la denostada Haití. Lo curioso de evento es que a ninguno se le cayó la cara de vergüenza -faltaría más- y al parecer, volvieron a sus respectivas chozas de rositas, quedando ante la opinión pública como autenticos garantes de la solidaridad y el buen rollo internacional. Gracias, señores, gracias.
Haití es una “media isla” del Caribe sumida en la más obsoluta pobreza. Sin recursos, deforestada, sin apenas agua potable y con una población subsistiendo al borde del abismo, lo cierto es que ninguno de los gobiernos que han dirigido su inestable periplo desde que consiguieron su independencia en 1804, han conseguido sacar a la isla de la interminable penuria. Eso a los grandes monstruos no les importa demasiado. Haití nunca ha sido una amenaza real como Cuba, Nicaragua o Venezuela, entre otras cosas porque nunca ha tenido el apoyo político de nadie poderoso y sus presidentes, o han sido directamente dictadores “apoyados” por Washington (como el Papa Doc) o de corte izquierdista y liberacionistas, con demasiadas trabas y faltos de voluntad para dar el suficiente empuje a su acción y sacar a la isla de su triste destino.
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