Maestros

Roma, Viajes 4 Comentarios »

Normalmente las obras maestras deambulan con cierta indolencia y asiduidad por las galerías del mundo. Eternamente inquietas para desilusión de unos, que ignorantes de su peregrinaje encuentran su habitual morada asaltada y vacía -eso sí, con la preceptiva etiqueta de “préstamo”-, y antagónico regocijo para el resto de los mortales que atisbamos en su movimiento la llegada de esa oportunidad remota y acaso largamente esperada. Los museos, las galerías, las pinacotecas, juegan a los préstamos, a la variedad, viviendo y dándo a su vez cobertura multidisciplinar a lo que hoy llamamos “el mundo del arte”. Es por ello que siempre resulta extraordinario encontrar en un mismo espacio a los máximos exponentes artísticos de un maestro en concreto, a menudo condenados en su mismo origen, exiliados por el azar, el interés o el tiempo a varios océanos de distancia. El milagro no obstante, existe. Tan extraordinario y cercano como hollar la galería Borghese de Roma y descubrir, con infinito asombro, el templo en la tierra del maestro escultor Gian Lorenzo Bernini (1598-1680).

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La turba

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Hundido en el sofá, he perdido la cuenta de los días que yazco como una marioneta sin cuerdas, flotando grávido entre toneladas de apestosa mugre monocolor, trozos de pizza semiputrefactos y refrescos de cola desventados. Mi camisa de tirantes tampoco es blanca y sus medallasEn_la_oscuridad superpuestas, como ídolos olvidados de un pasado mejor y que ahora limpio con denuedo religioso cada hora, destacan sobremanera en el trasfondo grasiento y húmedo de alcohol barato que destila mi vida. Tampoco recuerdo que fué de la luz, ni desde cuando la televisión se ha convertido en mi único vínculo con el más allá.

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El mago de Oz

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El aire levanta los coches como plumas, arranca señales de prohibido estacionar, volatiliza sombreros de copa en la boda pija del sábado, arrastra contenedores, bolsas mugrientas de Carrefour, zapatos sin suela y convenios de separación.  Levanta las faldas, los toldos, las capuchas de franela roja de las caperucitas japonesas, hace gritar a los viejos mientras feroz, voltea paraguas, succiona dentaduras, descubre michelines y proyecta condones contra los cristales del concesionario de la esquina. Los reporteros se parapetan tras las bocas de incendios, tras los portales de estuco grafiteado y los ecológicos todoterrenos,  apuntando con sus micrófonos a la orgía ventosa, como zarandeadas estatuas de libertad que, indecisas, pretendieran así hacer frente a la furia de los elementos.

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Escritos (IV)

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adornedWithFlowers

¡Que cerca se oye el Mar! ¡Que cerca! Su aliento mueve los pequeños  farolillos  que jalonan, indeleble geometría, la madera del viejo malecón. ¡Escucha cómo canta la selvática trompeta! ¡Cómo impone su ritmo el azorado timbal! ¡Y cómo cantan las guirnaldas de tu pelo! ¡Cómo perfuman mi desaliento! Complicidad es la sonrisa respondida. Tacto. Tacto y madera. Tablones que rigen nuestros pasos primeros, ahora indecisos, ahora atildados de firmeza y frescura. ¡Mira cómo bailan con el mar!   ¡Cómo se quejan!  ¡Cómo acompañan el movimiento del corazón iluminado!  ¡Corazón!  Ojos oscuros. Tez cobriza. Regálame ese diente. La  arena es tuya. Mis pies, inútiles, tuyos. No sabía que el dar era una necesidad….. No sabía….. Regálame ese diente.

Octubre 1997

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Escritos (III)

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ann
- Ven Lalí.- Y viene mostrando su dulce sonrisa. Me mira
interrogante, pero su alegría no se borra, nunca se borra.
Espera. Lalí es mi sueño. Mi corazón. Cinco años de luz y
de vida bajo la miseria de la ciudad olvidada. De Calcuta.
Mira. Vuela el tilak de barro en su frente. Lalí me mira.
Observa el cielo estriado, cargado de presagios, y sobre el azul
blanquecino, el recortado hirsuto de mi piel. Mi mano cubre su
cabeza. Infinita dulzura. Pronto lloverá. – Radha, no pude retenerte
en el inflexible diapasón de tumulto y fango, y mi flaqueza la
pagaste con el mejor regalo de la tierra. Te quiero. Te quiero en el
hambre que no sientes. En el vacío que dejaste tras la tormenta.
La muerte está aquí, este es su reino, y su instinto subyuga
ferozmente el sentimiento.- Lalí recoge en su dedo la mañana
y la hace brillar, descalza, sobre un claro. – Papá. -
Y sólo sé ya que soy feliz. Incomprensible, decididamente feliz.
Vayamos a buscar algo de comida.
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