“Pues úsalo para vaciar tu espíritu, liberarte y llegar al Tao, y cumplirás el deseo por el que tanto has practicado. Usa ese último suspiro para conseguir la paz eterna… No lo desperdicies…, hablando conmigo…”
“He desperdiciado mi vida. Lo usaré para decirte que siempre te he amado. Prefiero ser un fantasma a tu lado y seguirte a todas partes, que entrar…, que entrar sin tí en la eternidad más absoluta… Por tu amor, no me convertiré en un alma en pena…”
La muerte de Li Mu Bai es, para mí y con diferencia, la escena de amor más emotiva del cine “moderno”. Como sobre gustos no hay nada escrito, no he de porfiar demasiado con otros grandes momentos del cine al respecto -no me atrevería a aventurar un resultado-. Cada uno tiene el suyo. Aquel que le arranca un trocito del alma. Así que, concedido y blasfemo, que me perdonen -por poner algún conocidísimo ejemplo- los Titanic, Ghost, Casablanca, Molin Rouge, Pretty Woman y compañía. Me quedo con la exquisita dirección de Ang Lee y su asombrosa capacidad para conseguir que dos actores de acción, transmitan una emoción tan real en una escena absolutamente ajena a sus registros interpretativos habituales.
Yo he vivido cada día como si fuera una parodia, una mala imitación. Lo he tenido todo… y nada. Ni una verdadera casa, ni una verdadera familia… Ni siquiera mi hija, que nos parecemos como dos gotas de agua: no me acuerdo de nada. Si muriese en este momento y el Padre Eterno me dijera: “Romano ¿qué recuerdas de tu vida?”… La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño…, el rostro de Elisa en la primera noche… y las brumas de Rusia…
Hace mucho que perdí Oci Ciornie (Ojos negros). Una de esas pérdidas materiales que pasan -negras, analógicas, dolorosas y latentes- a renovarse cíclicamente en ese nivel sensitivo donde la exigencia de calidad se torna con el devenir de los años imperiosa, cercados como estamos -cada vez más- de productos cinematográficos faltos de la mínima sensibilidad y enfrascados, además, en demostrarnos sin descanso que nuestros sueños son -han de ser- monotemas de sangre, sexo, acción y dinero. En resumidas cuentas, lo pueril también cansa. Así que la película de Nikita Mikhalkov pronto pasó a ser una de esas islas en las que refugiarse un par de horas, cuando tales residuos mentales acaban por axfisiarte y no queda otra que agarrarse para respirar a éstos solitarios islotes atolónicos.
Ya está bién. ¿Podéis retirar ese foco? Lo confieso. Mi intención era crucificarla, barrerla, practicar el deporte nacional por excelencia, desterrarla del Olympo de las estrellas por siempre basándome en una actuación seguro paupérrima, y bajarla así de los altares, demostrando que su oscarización es tan sólo una estudiada operación hollywoodiense de márketing. A lo Alec Baldwin. Por eso alquilé la película, por placer, malsano, para constatar una sentencia anunciada: “Pe es una actriz del montón.” Pasadme más clavos.
Que Slumdog Millionaire -basada el un libro de Vikas Swarup- es una película sobrevalorada se hace evidente tras su primer visionado. La sensación que queda tiene un punto agridulce que poco tiene que ver con su historia y mucho con la curiosa mescolanza que nos presenta Boyle en las dos horas que dura. Esto no quiere decir que sea una mala película, no nos equivoquemos, pero me temo que se ha visto envuelta en un torbellino de espectativas -oscars, premios, crítica- que finalmente para el espectador final no se cumplen del todo. La historia, que se va articulando a través de los recuerdos que genera la participación de uno de sus protagonistas (Jamal Malik) en el programa “¿quieres ser millonario?”, nos habla de la vida del tres niños de la calle (slumdogs) y de las vicisitudes del amor por sobrevivir en un mundo donde los sentimientos están supeditados a la dura realidad de la India. Pero lo hace con un extraño cariño, optimista, estereotipado y casi impersonal, que quizá no acaba de convencer.
Fotografía. A mi me ha parecido notable, se ha sabido conjugar la paleta de luz y la saturación de colores adecuadamente para transmitir el clima de la India suburbial con aplomo y acierto. El montaje, duramente críticado por algunos por su estilo “Trainspotting” es, al contrario de lo que pueda parecer, adecuado para un film que en caso contrario carecería del dinamismo suficiente para mantener un activo interés durante todo su metraje. La combinación de ambos elementos junto con la acertada -y movida- banda sonora de Rahman, permiten dar cobertura a las ligeras carencias -sobre todo de guión e interpretativas – de las que sin lugar a dudas adolece el film.
Hoy voy a comentar -y recomendar- otra de esas películas que forma parte de mi elenco de favoritas. Es el turno de Das Boot, la película de submarinos por excelencia. Dirigida por Wolfgang Petersen (os sonará por las recientes Troya, Poseidón, La tormenta perfecta, En la línea de fuego, etc.) y basada en el libro de Lothar-Günther Buchheim es, sin lugar a dudas – y con permiso de la entrañable Historia Interminable- la mejor película del cineasta alemán con diferencia.
¿Una película bélica? ¿Alemana? Si claro, pero hay más. Petersen da forma inteligente a un guión que trata de acercarse con minuciosidad y asepsia ideológica a la vida cotidiana de un submarino alemán durante el final de la segunda guerra mundial. El U-96. Algo que consigue con indudable acierto, sin tapujos ni falsos artificios, y utilizando para ello la mirada cercana de un joven corresponsal de guerra -el propio Lothar-Günther- quién acompaña a la nave en su angustioso periplo por el atlántico.
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