Yo no soy un forofo del fútbol. Tampoco suelto ante la pregunta aquello de “a mí no me dan de comer” -con fingida ofensa- mientras la realidad es que me como las uñas frente al televisor cuando juega el equipo de mis amores. No, no tengo equipo. No tengo bufandas multicolores, no voy al campo a desfogar mis miserias con el turco de negro, ni tengo serigrafiado el escudo de ningún club en la mampara de mi cuarto de baño. Soy un apátrida del fútbol, un naúfrago sin bandera y un marido fiel, sin ese amor extraconyugal que da ilusión y sentido a las vidas de miles de aficionados -gracias Florentino por esta frase tan profunda-.

Dos días después de la presentación del “hypeado” Ipad de Apple, los foros siguen repletos de cometarios cuyo denominador común es la más absoluta decepción. El usuario entregado de Apple, esperaba algo más que un Ipod Touch con unas cuantas funciones añadidas, y en sus sueños más floridos veía un Macbook hecho Tablet -aunque, ¿tendría sentido tirarse piedras sobre su mismo tejado?-, aderezado de toda la sencillez, tecnología y novedosas funciones que sólo los de Cupertino sabrían dotarle. Lo cierto es que aparte de la chorradas que hemos podido oir en cuanto a la rumorología de especificaciones que circulaban en la red -¿recarga solar, sintonizardor HDTV, dos cámaras?- si es cierto que, grosso modo, se echan de menos una serie de funciones básicas que probablemente habrían paliado al menos esa sensación general de que “se han quedado a medias”. ¿Qué le ocurrió a la cámara? ¿Y a la multitarea? ¿Que tal una ranura para la SD? ¿Y un puerto USB? ¿Sabemos algo de un gestor de archivos? ¿Un Finder? ¿Que busca realmente Apple con el Ipad?
A mi me cae bién Edurne. Y cualquiera sabe por qué -la verdad es que yo mismo no lo tengo muy claro-. No la conozco de nada y sé de ella -como casi todos los mortales- por sus andanzas en el Himalaya y su intento de ser la primera mujer en coronar los catorce ochomiles. Ayer llegó, después de mucho sufrimiento, de vuelta al campo base del Kachenjunga, la tercera montaña más alta de la tierra con sus 8.586 metros, apuntándose su duodécimo ochomil. Al límite, asistida por dos sherpas y sus compañeros de expedición de “Al filo de lo imposible”, la bajada fué poco menos que un infierno bajo el manto tormentoso de la montaña sagrada.

Pues bién, lo que para el gran público es una gesta indiscutible, dentro del mundillo de la montaña es interpretado y discutido en base a distintos factores de muy diversa índole, y que pueden incluir -unas con razón y otras no tanto- todas o algunas de las siguientes consideraciones: machismo-oxigeno-carrera-purismo-comercial-reality-estilo-cuerdasfijas-peligro-demérito-envidia-viafácil-estiloalpino-huella.
Si, parece un galimatías -lo es-, pero leyéndo algunos de los comentarios que circulan por los foros de “montaña”, quizá podamos hacernos una ligera idea de que se le recrimina a alpinista guipuzcoana (todos los comentarios subsiguientes están sacados de los foros de barrabes.com):

Que Slumdog Millionaire -basada el un libro de Vikas Swarup- es una película sobrevalorada se hace evidente tras su primer visionado. La sensación que queda tiene un punto agridulce que poco tiene que ver con su historia y mucho con la curiosa mescolanza que nos presenta Boyle en las dos horas que dura. Esto no quiere decir que sea una mala película, no nos equivoquemos, pero me temo que se ha visto envuelta en un torbellino de espectativas -oscars, premios, crítica- que finalmente para el espectador final no se cumplen del todo. La historia, que se va articulando a través de los recuerdos que genera la participación de uno de sus protagonistas (Jamal Malik) en el programa “¿quieres ser millonario?”, nos habla de la vida del tres niños de la calle (slumdogs) y de las vicisitudes del amor por sobrevivir en un mundo donde los sentimientos están supeditados a la dura realidad de la India. Pero lo hace con un extraño cariño, optimista, estereotipado y casi impersonal, que quizá no acaba de convencer.
Fotografía. A mi me ha parecido notable, se ha sabido conjugar la paleta de luz y la saturación de colores adecuadamente para transmitir el clima de la India suburbial con aplomo y acierto. El montaje, duramente críticado por algunos por su estilo “Trainspotting” es, al contrario de lo que pueda parecer, adecuado para un film que en caso contrario carecería del dinamismo suficiente para mantener un activo interés durante todo su metraje. La combinación de ambos elementos junto con la acertada -y movida- banda sonora de Rahman, permiten dar cobertura a las ligeras carencias -sobre todo de guión e interpretativas – de las que sin lugar a dudas adolece el film.
Una de las películas que suelo recomendar cuando espero -con maldad- que me pongan cara de WTF? -de susto vaya- es “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese. A la mayoría les suena vagamente por la intensa polémica que generó en su día, con la jerarquía eclesiástica rasgándose las vestiduras frente a las salas de proyección y sus acólitos enfurecidos condenando la “blasfemia” por todo el mundo. No os engañéis, basada en la novela homónima del cretense Nikos Kazantzakis, en el fondo la película es profundamente respetuosa con la figura de Cristo. ¿De veras? Entonces ¿a que santo tanta polémica? Bien, el que sea respetuosa en el fondo no quiere decir que lo sea en las formas…aunque también dependerá de que entendemos por respeto….al parecer para la Iglesia, cualquier atisbo de humanidad en Jesús que pueda menoscabar esa imagen idílica de éste como hijo divino e inmaculado (de palabra y de acto) es seguramente objeto de repudio.

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