Sneferu -o también Snefru para los amigos- fué el papi deKeops. Faraón que, para los despistados, tiene el honor de ser -casi con toda seguridad- el constructor la Gran Pirámide de Guiza, la última de las maravillas del mundo antiguo que sigue en pie. Sin embargo, antes de que su hijo se pusiera manos a la obra, Snefru ya había plantado en la arena del desierto Egipcio, y por tres veces, los pilares sobre los que se basaría la edificación de tamaña y colosal maravilla. Me refiero a la pirámide de Meidum, y las Acodada y Roja de Dashur.
La pirámide Roja, magnífica y olvidada por la horda de turistas en la inmensidad del desierto, aún conserva ese aura de desafiante soledad que a pesar de su imponente tamaño, han perdido en cierta medida las grandes pirámides de la llanura de Guiza, asediadas como están por el cordón inmobiliario del Cairo y la omnipresente polución que como una fina película cenicienta oscurece el azul inmaculado del cielo cariota. Además, pasa a la historia por ser la primera que se construyó con caras lisas -antes datan algunas escalonadas como la de Zóser o la de Meidum- y aunque poco queda hoy de sus perfectas paredes de caliza -pues no hace tanto que los egipcios abandonaron su manía de utilizar los revestimientos de las pirámides como material de construcción- es posible ver aún en una de sus esquinas inferiores -igual que en la cúspide de la pirámide de Kefrén o en la Acodada- vestigios del formidable revestimiento que las dotaría aún más si cabe ante los ojos mortales de un aspecto sobrehumano. Un verdadero encuentro con la eternidad.
Hace poco que os comenté la gran cantidad de fauna acuática de envergadura que es facilmente visible en las islas Maldivas. En concreto hablabamos de los tiburones y de como, casi sin quererlo, se convierten en compañeros inseparables de nuestra estancia. Son los reyes del mambo allí; y sin embargo no son los únicos. La isla de Kuramathi goza de otros atractivos igualmente sorprendentes, pero en este caso claramente especificados como reclamo turistico por las compañías de viajes. Hablo de las rayas del Blue Lagoon. Espectaculares “bichitos” que se pasan al caer la noche para saludar en la orilla a propios y a extraños. Todo un espectáculo bajo los focos que bañan la laguna en la noche Maldiviana.
Hoy os dejo este pequeño montaje que grabé uno de esos anocheceres, donde primero con sorpresa y al poco tiempo con curiosidad, nos animamos – a pesar de esas colas que infunden cierto respeto- a descender bajo la pasarela para poder echar un vistazo “in situ” a nuestras nuevas amigas. Aunque mucho me temo que no eran nuestros pies lo que esperaban encontrar.
A mi me cae bién Edurne. Y cualquiera sabe por qué -la verdad es que yo mismo no lo tengo muy claro-. No la conozco de nada y sé de ella -como casi todos los mortales- por sus andanzas en el Himalaya y su intento de ser la primera mujer en coronar los catorce ochomiles. Ayer llegó, después de mucho sufrimiento, de vuelta al campo base del Kachenjunga, la tercera montaña más alta de la tierra con sus 8.586 metros, apuntándose su duodécimo ochomil. Al límite, asistida por dos sherpas y sus compañeros de expedición de “Al filo de lo imposible”, la bajada fué poco menos que un infierno bajo el manto tormentoso de la montaña sagrada.
Pues bién, lo que para el gran público es una gesta indiscutible, dentro del mundillo de la montaña es interpretado y discutido en base a distintos factores de muy diversa índole, y que pueden incluir -unas con razón y otras no tanto- todas o algunas de las siguientes consideraciones: machismo-oxigeno-carrera-purismo-comercial-reality-estilo-cuerdasfijas-peligro-demérito-envidia-viafácil-estiloalpino-huella.
Si, parece un galimatías -lo es-, pero leyéndo algunos de los comentarios que circulan por los foros de “montaña”, quizá podamos hacernos una ligera idea de que se le recrimina a alpinista guipuzcoana (todos los comentarios subsiguientes están sacados de los foros de barrabes.com):
La garganta de Oldupai es un lugar mágico. Y aunque es cierto que la magia depende del momento y de cada cual, en el aire polvoriento y cálido de sus barrancos -la “cuna de la humanidad”- se respira un “algo” que me atevería a calificar de especial. Perdido el el inmenso valle del Rift -entre el fastuoso cráter del Ngorongoro y el Serengueti-, mientras te sientas en el mirador a comer un huevo duro y un zumo de naranja de sabor indeterminado -muy indeterminado-, no puedes evitar pensar en el lago que fué, y en los restos de nuestros habilis antepasados que dormitan en él desde hace más de dos millones de años. Un suspiro geológico.
Cámara: Sony Cybershot - Exposición: 1/500 sec en f/5,6 - Iso: 100 - Focal: 7,65 mm
Observaciones:
Ligero filtro anaranjado. Ajuste de niveles en el cielo. También eliminé digitalmente un segundo masai mediante distintas técnicas de clonación (con mayor o menor fortuna). La foto fué tomada en un poblado Masai, entre el parque nacional del Serengueti y el cráter del Ngorongoro.
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