“En el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo”
Que difícil es superar los estereotipos, los tópicos interesados que nos mecen en esta indolencia intelectual que reconforta nuestras propias creencias y convierte nuestras conciencias en lívidas bellas durmientes, eternamente huérfanas de aguerridos caballeros andantes, privadas de besucones principitos de chocolate, saltarines en sus gallumbos azules.
Más fácil es desde luego seguir durmiendo, que encontrar a alguien capaz de articular algo coherente sobre el Islam sin caer en ese infame cúmulo de arrogancia moral y cultural que rige nuestras relaciones con el mundo musulmán. Acaso olvidamos -¿ignoramos?- que medio siglo antes de que Europa comenzara tímidamente a despertar del lodazal de barbarie y oscuridad, el Islam vivía una Ilustración de incomparable riqueza -cuyo centro fué la Córdoba de Ál-Andalus-, una apertura cultural e intelectual de tal magnitud, tan heterogénea e integradora, que permitió la pervivencia y florecimiento en el propio seno del Islam, de los grandes núcleos de pensamiento conocidos hasta el momento -incluído el conocimiento clásico griego, ese que reclamamos como nuestro y que retornaría más tarde a Europa a través de la escolástica cristiana-. Los intelectuales del momento fueron tan importantes para el pensamiento humano, que aún hoy resuenan con fuerza en las aulas de todo el mundo los nombres impertérritos de los filósofos Muhammad ibn Masarra, del músico, poeta y filósofo Avempace (Ibn Bayya), del historiador Ibn Hazm de Córdoba “el más célebre de todos los sabios de Ál-Andalus”, del médico-científico-filósofo aristotélico Averroes (Abu-l-Walid ibn Rusd), del gran maestro sufí Ibn al-Arabi, o de Abd al-Rahman ibn Jaldun, considerado precursor de la moderna economía, sociología e historiografía.
Yo soy un inútil completo en el arte del regateo. Ni me da pena el vendedor -esa socorrida excusa- que intenta sacarse lo que buenamente puede para sobrevivir, ni mucho menos pienso en los beneficios del dueño del chiringuito de turno, que -caso de que no sea el mismo individuo- por lo general aprieta a sus empleados desde la sombra con una saña solo comparable a los grandes e implacables Rockefellers de nuestro mundo. La verdad es que soy, simplemente, un negado. Aunque supongo que también es una cuestión de costumbre, vergüenza y sobre todo de actitud, pues confieso que me resulta aburridísimo concluir cual es el precio “adecuado” de un artículo en base a los sucesivos montos propuestos. ¿Por qué no pondrán un precio y ya está? Resumiendo, tengo mentalidad de güiri. Que le vamos a hacer.
Así que cuando te encuentras en una situación de regateo obligado, intentas poner toda tu atención en no hacer que lo inevitable se convierta en bochornoso. Vamos, lo que se llama salir con cierta dignidad del trance. También he de decir que la mayoría de las veces no lo consigo, y que por agravio comparativo con el resto de compañeros de viaje, acabo constatando hasta que punto mi pericia en el tema sigue, por mucho que practique, al nivel del fango.
Ayer recibí por e-mail el enlace al vídeo que tenéis sobre estas líneas (gracias Nathalie). Emisión -de hace ya algunos meses- que si se merece esta pequeña entrada en el blog es porque sinceramente, creo que nunca en mi vida había oído una justificación más “patatera” y poco profesional ante algo, por otra parte, dificilmente justificable. De veras. Consejo: Si algo es estúpido, tapémoslo señores, justifiquémoslo en nuestro fuero interno, sin alardear, a la luz de las velas y la fe si es menester. Pero no hagamos el público ridículo, leches. Y menos en la tele (¿habéis visto la pinta del presentador a pie de farmacia, el tal rafa G.). “Venga, vamos a ver como defendemos al Papa…¡Qué alguien con huevos vaya y traiga una caja de condones a ver que sacamos del prospecto!”. Lo malo es que estos “profesionales” de la comunicación -¡la manicura de África no destaca!- representan, en teoría, a una parte importante -y recalcitrante- de la sociedad de este país. En fin, una prueba más de los problemas que puede acarrear la infalibilidad papal, y por extensión, la estupidez humana.
Sneferu -o también Snefru para los amigos- fué el papi deKeops. Faraón que, para los despistados, tiene el honor de ser -casi con toda seguridad- el constructor la Gran Pirámide de Guiza, la última de las maravillas del mundo antiguo que sigue en pie. Sin embargo, antes de que su hijo se pusiera manos a la obra, Snefru ya había plantado en la arena del desierto Egipcio, y por tres veces, los pilares sobre los que se basaría la edificación de tamaña y colosal maravilla. Me refiero a la pirámide de Meidum, y las Acodada y Roja de Dashur.
La pirámide Roja, magnífica y olvidada por la horda de turistas en la inmensidad del desierto, aún conserva ese aura de desafiante soledad que a pesar de su imponente tamaño, han perdido en cierta medida las grandes pirámides de la llanura de Guiza, asediadas como están por el cordón inmobiliario del Cairo y la omnipresente polución que como una fina película cenicienta oscurece el azul inmaculado del cielo cariota. Además, pasa a la historia por ser la primera que se construyó con caras lisas -antes datan algunas escalonadas como la de Zóser o la de Meidum- y aunque poco queda hoy de sus perfectas paredes de caliza -pues no hace tanto que los egipcios abandonaron su manía de utilizar los revestimientos de las pirámides como material de construcción- es posible ver aún en una de sus esquinas inferiores -igual que en la cúspide de la pirámide de Kefrén o en la Acodada- vestigios del formidable revestimiento que las dotaría aún más si cabe ante los ojos mortales de un aspecto sobrehumano. Un verdadero encuentro con la eternidad.
Yo creía firmemente en mi inmunidad a la hipnosis. Incluso me mofaba jactancioso cuando en la televisión, alguna víctima propiciatoria cacareaba al son que el hipnotizador de turno le tocaba ceñudo en su flauta mágica. Y así, feliz, viví durante mucho tiempo. Aislado, distante y escudo ante las vibraciones mentales, la precognición, el mentalismo y la telepatía. El dolor e incluso la alegría, pasaron a un extraño plano existencial donde casi no podían tocarme, y me convertí, casi sin quererlo, en un ente metafísico de proporciones desproporcionadas. Veía la muerte y moverse a la vida, el dolor y la nada, ví el oro y el verde, el incienso y las montañas, e incluso las ancas de un sapo moteado, fundiendose lentamente mientras se perdía en la turbia profundidad turquesa. Yo era así. El ojo de Dios. Una roca. Incomensurable e inmarcesible en mi redondez exquisita.
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