Conservadores en conserva

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Rouco ValeraUna lata de conservas. Este fin de semana ha tenido lugar en Madrid la celebración de la fiesta de la “Sagrada Familia”. Una misa y, como no, un discurso de corte planfletario del cardenal Rouco, para no perder la costumbre. Los que me conocéis sabéis que estudié en un colegio católico y que, aunque normalmente me enciendo un poco, mi respeto por la Santa Madre es el mismo que el que profeso por cualquier otra institución religiosa. Es decir, moderado tirando a poco. Soy así de equitativo, y más con la chinita que marca el sinuoso devenir de la Iglesia(s). Esa misma que devalua los pasos de cualquier otra institución (organismo o lo que sea) de corte marcadamente conservador. Su intolerancia, a saber: una permanente y recalcitrante falta respeto hacia las ideas de los demás.

Y no es que ser conservador sea malo. Todos lo somos en cierto modo. El miedo  fomenta nuestro inmovilismo y todos, sin excepción, deseamos conservar algo. Una casa, una posición, una idea. Lo que sea. Sabemos que el movimiento, la impermanencia es la máxima de la vida humana, y aún así, nos aferramos a nuestra cosas, nuestro país, nuestra iglesia,  en definitiva a nuestra mente, que es el contenedor último de todo, de nuestro pasado. Pero entre la fútil búsqueda de la seguridad existencial y en conservadurismo más rancio hay un abismo. El mismo que hay entre la lata y el mundo que la rodea.

No voy a entrar a rebatir sus argumentos en contra del aborto y del “maldito” matrimonio gay (esos manidos caballos de batalla). Són tan válidos como los demás. Lo que cuestiono, simplemente, es su intento de monopolizar la moral de todos. Algo que aborrezco. Profundamente. No quieren abortar: No lo hagan. Quieren casarse por la Iglesia, llámese Católica, Ortodoxa o Presbiteriana. Háganlo. Imagino que es una mala costumbre, y como todas, difícil de erradicar, pero, por favor, dejen de decir a los demás lo que tienen o no que hacer. O si lo hacen háganlo con humildad y sobre todo, sobre todo, con respeto. Qué menos que eso. No vaya a ser que se nos enfade alguien de “arriba”.

Siempre que veo un discurso de cardenal Rouco Varela me evado, casi sin querer, y me imagino sobrevolando cual alcón perdiguero las inmensas praderas de Minnesota bajo la luz de la luna. En el plano, picado y cenital, Kevin Costner, sentado en consejo, observa la profunda inmensidad en los ojos de Diez Osos y escucha con atención las palabras que fluyen de sus labios agrietados por el tiempo: – “ningún hombre puede decirle a otro lo que debe hacer…” – aconseja a uno de sus guerreros…después el plano se cierra, y el anciano Lakota se metamorfosea en el Rouco televisivo, sibilino y beligerante  (adiós a la ensoñación), que escupe maledicencia en cada una de sus palabras. Aplausos. Monseñor levanta su áurea cabeza, mostrando una beatífica sonrisa y….. y me dan ganas de ir a comprar una lata de sardinas. Es que no falla. Después la abro y pienso en lo triste que es vivir en una lata, esa cárcel de ideas, eternamente conservado, retozando en tus propios jugos hasta el final de los tiempos. Con lo bonito que es el mar.

Así que señores conservadores una súplica. Humilde pero poderosa, como la del niño Salieri de Milos Forman a su Dios, el mismo, el suyo. Conserven, sí, pero con cariño. Por favor. Y olvídense de las latas. Quizá el mundo no quepa ahí dentro y si cierras la tapa, corres el riesgo, el día menos pensado, de no poder salir.

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Un comentario a “Conservadores en conserva”

  1. sydharta hablar:

    Aqui dejo un documento que saca a la luz algo de la sospechosa vida privada de Rouco:
    http://www.criandocuervos.com/?p=1166

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