Los mercados están convulsos. Las bolsas se tambalean. Los noticiarios vociferan las próximas catástrofes globales mientras nosotros, los ciudadanos del primer mundo, observamos atónitos y temblamos. Terminamos de comer y pasamos la llave de nuestra vivienda mientras pensamos, una vez más , en nuestro incierto destino. ¿Podremos llegar a fin de mes? ¿Habrá que apretarse el cinturón? ¿Perderé mi situación, mi trabajo?
Es curioso. Sólo los ricos tienen crisis. En los lodos del mundo, los olvidados, los que no comen y conviven con la muerte graciosa; los mil millones nada saben de la crisis. Cuando no hay nada que perder, cuando tu vida entera es un desierto, palabras así, crisis, pierden su sentido.
Pero aquí estamos, llorando. Lamentándonos de nuestra miseria. De la pérdida de nuestros privilegios, consolidados sobre el olvido y la vileza. Resumiendo: somos idiotas. Topos bípedos; incapaces de ver nuestra suerte, nuestro techo, nuestra vida, pequeña y ciega. Así que ¿qué haremos?
¿Llorar y conformarnos?
Es verdad. Sólo los ricos pueden tener crisis. O los idiotas.
Etiquetas: Crisis, Crítica
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