Regateando

Curiosidades, Tanzania, Viajes Añadir comentarios

Yo soy un inútil completo en el arte del regateo. Ni me da pena el vendedor -esa socorrida excusa- que intenta sacarse lo que buenamente puede para sobrevivir, ni mucho menos pienso en los beneficios del dueño del chiringuito de turno, que -caso de que no sea el mismo individuo- por lo general aprieta a sus empleados desde la sombra con una saña solo comparable a los grandes e implacables Rockefellers de nuestro mundo.  La verdad es que soy, simplemente, un negado. Aunque supongo que también es una cuestión de costumbre, vergüenza y sobre todo de actitud,  pues confieso que me resulta aburridísimo concluir cual es el precio “adecuado” de un artículo en base a los sucesivos montos propuestos. ¿Por qué no pondrán un precio y ya está? Resumiendo, tengo mentalidad de güiri. Que le vamos a hacer.

Así que cuando te encuentras en una situación de regateo obligado, intentas poner toda tu atención en no hacer que lo inevitable se convierta en bochornoso. Vamos, lo que se llama salir con cierta dignidad del trance. También he de decir que la mayoría de las veces no lo consigo, y que por agravio comparativo con el resto de compañeros de viaje, acabo constatando hasta que punto mi pericia en el tema sigue, por mucho que practique, al nivel del fango.

Uno de estos episodios me ocurrió cerca de Arusha, camino del parque Nacional del Lago Manyara, en Tanzania. De vuelta ya de nuestra la semana de safari, hicimos parada obligatoria para tomar un refrigerio en una especie de tiendecita que, por su privilegiada situación al margen de la transitada carretera que une Moshi con el Serengueti, había prosperado de choza ribereña hasta alcanzar el nivel de lo que aquí llamaríamos “ultramarinos” surtidito. Una tienda bastante imponente en medio del polvo y la nada. Por allí dentro, pululaban tres vendedores con traje polvoriento y aspecto famélico -allí el traje es signo de distinción, incluso entre la gente menos pudiente, por muchos remiendos que lleven encima- que se acercaron rápidamente en cuanto nos vieron entrar con nuestras camisas de franela, nuestras narices blancas de crema, los gorritos de ala a lo profesor Jones y sobre todo, nuestros dólares. El chaval que me toco a mí era era condenadamente joven, aunque en su mirada se intuía, como en la mayoría de los tanzanos, una vida dura no exenta del rencor que acumulas cuando vives en un país de asombrosa riqueza natural explotada casi en exclusiva para beneficio de unos pocos.

Me concentré en la figura de un león -teóricamente de ébano, o de conglomerado pintado de negro que allí viene a ser lo mismo-, y en un inglés macarrónico comenzamos el sagrado ritual del regateo. En mi afán de parecer competente y experimentado en tales lides, le apreté las clavijas al chaval que no obstante se movía con precisa determinación en su trabajo. Y lo hacía bién. Al final desistí y llegamos a un acuerdo que me pareció satisfactorio. ¡Había conseguido, seguro, acercarme al límite de rebaja! ¡Seguro! Fué entonces, con el acuerdo cerrado, cuando el chaval, dubitativo, me rogó que lo siguiera hasta un rincón semi-ciego de la tienda, inaccesible para el dueño que con su carra de perro -siempre a punto de morder al alguien- olfateaba desde su mostrador el devenir de sus próximas presas.

Ahora soy sólo un poco menos pardillo que entonces, y confieso que en ese momento me sorprendió la petición del vendedor y le seguí con curiosidad hasta donde me indicaba. El chaval, con un inglés tan básico como el mío, me conto con nerviosismo patente lo frágil de su situación y la de su familia, y me propuso, sin dejar ni un solo segundo de mirar de reojo al “ogro” del mostrador, un “negocio” que en aquel momento me resulto inesperado. Primero porque descubrí, para variar, que me había quedado corto en mis pretensiones, y que el chaval había conseguido venderme el león, la friolera de nueve dólares -allí, un mundo- más caro del límite mínimo que le imponía el jefe de la tienda. Segundo porque me pedía que le ayudara a engañarlo. ¿Cómo? Diciéndole al encargado que me lo había vendido por el mínimo y el resto, lógicamente, se lo quedaba él.

Recuerdo que en ese segundo no pude abarcar todas los posibles contratratiempos, incluso pensé si estaba siendo víctima de alguna especie de estafilla local, y calculé sin demasiada seguridad el riesgo que corría el propio chaval de haberse topado con algún desaprensivo que, por ahorrarse esos míseros nueve dólares, lo hubiera podido denunciar o aún mejor, simplemente haberle nagado el extra que pensaba “sustraerle” a su jefe. El caso es que no sé porque, después de un segundo de duda le mire fijamente y le dije que sí, pues aunque nada en claro sacaba yo de todo el meollo, salvo la tensión momentánea de estar engañando en un país extraño a un malaspulgas -que para más narices, tenía además un guardia “masai” armado fuera del local-, me quedaba la satisfacción, eso sí, de haberle dado ese “extra” al chaval -aunque, qué demonios, ¡de igual modo se lo hubiera cedido de habermelo pedido en cualquier otra situación más propicia!-.

Salimos y durante un rato, mientras miraba por el cristal el colorido de las gentes en los improvisados mercados de carretera, estuve rumiando lo acontecido sin encontrar nada que lo explicara, más allá de la picaresca de la necesidad y la imposibilidad manifiesta de pedir públicamente propina a los turistas fuera de los circuitos establecidos, en un país que vive casi exclusivamente por y para el turismo, y donde los buanas son poco menos que intocables semidioses. Supongo que, simplemente, fuí en su vida una ocasión propicia. Fruto de mi archiconocida pericia en el regateo y de mi falsa estampa de enrollado y buen tipo.

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2 comentarios a “Regateando”

  1. sydharta hablar:

    jeje muy buena historia. Nunca sabremos si el chaval usa ese truquito con los clientes que le regatean hasta el mínimo para sacarse siempre así su margen invariablemente. O si el chaval es en realidad el hijo del dueño y tus 9 dolares nada más salir tú de la puerta pasaron a engordar el bolsillo de su padre para ser gastados en alcohol esa misma noche. jaja

  2. Eonwe hablar:

    Lo del alcohol está descartado. Si los 9 dólares eran para “el dueño” no hubiera hecho falta que me hubiera propuesto nada ¡es lo que pensaba pagar, lo que pague! La diferencia estaba si le pagaba el total acordado al dueño o si una parte se la quedaba él.
    La verdad es que se los dí porque no llegue a entrever la posibilidad de acabara finalmente beneficiándose el dueño. Son cosas, matices, miradas, que captas in situ y que te dicen “vale, hazlo”. ;)

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