“Mu-bai, conserva tu energía… Dame esperanza”
[...]
“Shu Lien…”
“Shhh, no hables”
“Mi vida se consume. Solo me queda un suspiro…”
“Pues úsalo para vaciar tu espíritu, liberarte y llegar al Tao, y cumplirás el deseo por el que tanto has practicado. Usa ese último suspiro para conseguir la paz eterna… No lo desperdicies…, hablando conmigo…”
“He desperdiciado mi vida. Lo usaré para decirte que siempre te he amado. Prefiero ser un fantasma a tu lado y seguirte a todas partes, que entrar…, que entrar sin tí en la eternidad más absoluta… Por tu amor, no me convertiré en un alma en pena…”
La muerte de Li Mu Bai es, para mí y con diferencia, la escena de amor más emotiva del cine “moderno”. Como sobre gustos no hay nada escrito, no he de porfiar demasiado con otros grandes momentos del cine al respecto -no me atrevería a aventurar un resultado-. Cada uno tiene el suyo. Aquel que le arranca un trocito del alma. Así que, concedido y blasfemo, que me perdonen -por poner algún conocidísimo ejemplo- los Titanic, Ghost, Casablanca, Molin Rouge, Pretty Woman y compañía. Me quedo con la exquisita dirección de Ang Lee y su asombrosa capacidad para conseguir que dos actores de acción, transmitan una emoción tan real en una escena absolutamente ajena a sus registros interpretativos habituales.

Tigre y Dragón es una pelicula sobre el amor, que se sustenta en su continuidad narrativa y visual por las artes marciales y no al revés. Un error muy común, y no obstante disculpable, concluir exactamente lo contrario -que nos encontramos ante una película de artes marciales con un extraño transfondo de amor platónico-, pues la fuerza que transmite su contenido audiovisual y coreográfico es tal, que facilmente puede afrentar su verdadero sentido. Diferencia aparentemente sutil, pero decisiva para entender la secuencia de cabecera. El desasosiego que invade, desde las mismas secuencias iniciales, al paladín Li Mu Bai, no nace como consecuencia de su necesidad de venganza por el asesinato de su maestro, sino de su propio amor contenido por Shu Lien, así que la cinta, construída sobre bellísimas escenas de acción y de una plasticidad apabullante es, más allá de lo inmediato, un maravillosa disertación sobre el amor y el propio devenir del hombre en la vida.
En efecto, Lee trata de yuxtaponer en el mismo espacio narrativo dos tipos de amor y por ende, dos etapas humanas; la juvenil -Zhang Ziyi, Chang Chen-, totalmente apasionada, deseosa de libertad y aventura, incansable e inevitablemente inestable y caduca, con la madurez del hombre encarnada por los paladines Li Mu Bai y Shu lien -Chow Yun Fat y Michelle Yeoh- donde la experiencia, el respeto, y la responsabilidad están por encima de un amor que permanece así distinto, profundo y latente.

Lee reflexiona sobre el final de la juventud (preciosa metáfora al respecto la escena final del film) y su catarsis, a través del dolor, en ese nuevo tipo de amor que, sin excluir necesariamente el anterior, lo transforma dotándolo de nuevas cualidades, miedos e inesperadas texturas. Sin decantarse por uno u otro -algo que sería inútil- nos desvela, a través de una historia aparentemente ajena para el espectador occidental -un cuento chino
-, sus defectos y virtudes; la fuerza espontánea y libre que rezuma el choque entre la hija del gobernador y el bandido Nube Inmensa, pasional -atención a la paleta de colores- y no obstante, condenada al vaién y la fugacidad del tiempo. Y la madurez, llena de matices, que por su propio peso específico transciende el mero deseo y no podrá desfallecer ya ni con la muerte de sus protagonistas.
En realidad los cuatro personajes son el mismo. Son el hombre. Y de igual modo, el amor inmarcesible de li Mu Bai por Shu-Lien es el mismo amor desatado de Jen y Nube Inmensa, finalmente transmutado. La escena final, nos muestra cual es la naturaleza de esa fuerza inexpugnable. La fuerza del amor. La vida de un paladín -un guerrero-monje que busca la iluminación a través de las artes marciales- es la búsqueda del Tao -véase por aproximación, Nirvana-. Todos sus movimientos se encaminan espiritualmente a la búsqueda de la serenidad y el vacío. A punto de morir envenenado, Shu Lien le pide a Mu Bai que utilice sus últimos momentos para alcanzar el Tao. Y es entonces cuando Mu Bai, con la claridad que da la proximidad de lo infinito, descubre que el mismo vacío que buscaba estuvo siempre en los ojos de Shu Lien, y que así, su búsqueda y su lucha fueron en vano. “He desperdiciado mi vida”. Mu Bai renuncia al Tao -el mayor sacrificio que se puede concebir- para decirle lo que siempre han sabido “…siempre te he amado“. Shu Lien le besa por primera vez y el héroe, exhala con su último aliento una de las frases de amor más bellas que uno puede concebir: “Prefiero ser un fantasma a tu lado y seguirte a todas partes, que entrar…, que entrar sin tí en la eternidad más absoluta… Por tu amor, no me convertiré en un alma en pena…”.
Ang Lee nos da de nuevo una lección soberbia de sensibilidad, y apoyado en su dirección -imponente- por la exquisita banda sonora de Tan Dun, regala al séptimo arte una obra maestra imprescindible. Imprescindible y ciertamente incomprendida por amplios sectores del público y de la crítica que la siguen catalogando como una película épica de ficción y artes marciales. Sin más. Desde aquí reclamo un lugar para el amor. Quién lo diría. El principal.
Escena final y tema Farewell de Tan Dun (versión original):
Otra preciosa -por su perfecta sencillez- escena de amor entre Li Mu Bai y Shu Lien (versión original -una pena, no encuentro un video con la versión doblada-):
Cosas: La película es un referente dentro del cine oriental -y en concreto del chino- en cuanto a innovación tecnológica y visual. Un punto de inflexión que rompe con el costumbrismo chino habitual y al que se han apuntado, con mayor o menor fortuna, grandes realizadores como Zhang Yimou.
Apuntar también el maravilloso trabajo de Michelle Yeoh. Hay que verla metida en su papel. Para quitarse el sombrero es su capacidad de transmitir con la mirada, probablemente fruto de la precisa dirección de Lee.
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