El mago de Oz

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El aire levanta los coches como plumas, arranca señales de prohibido estacionar, volatiliza sombreros de copa en la boda pija del sábado, arrastra contenedores, bolsas mugrientas de Carrefour, zapatos sin suela y convenios de separación.  Levanta las faldas, los toldos, las capuchas de franela roja de las caperucitas japonesas, hace gritar a los viejos mientras feroz, voltea paraguas, succiona dentaduras, descubre michelines y proyecta condones contra los cristales del concesionario de la esquina. Los reporteros se parapetan tras las bocas de incendios, tras los portales de estuco grafiteado y los ecológicos todoterrenos,  apuntando con sus micrófonos a la orgía ventosa, como zarandeadas estatuas de libertad que, indecisas, pretendieran así hacer frente a la furia de los elementos.

Zoom, y ora pasa trastabilleando un maletín rebozado de barro, ora una carpeta de Tokio Hotel, con un imberbe zagalillo electrificado en su portada que sonríe mientras gira cada vez más al arbitrio del alocado festival. Gafas, bufandas, cuberterías de latón, tarjetas de visita amarillentas de videntes, bragas, calcetines, dátiles voladores y unos rollos de Scotex que, cual banderas de rendición, cambiaron el entrañable labrador por un malaspulgas asalchichado cuyos ladridos se pierden en el tumultuoso e incansable Anemoi que lo barre todo a su paso.

Una niña perdida se sujeta a los restos de lo que fué una cabina telefónica, suspendidos los pies en antigravitatorio ángulo recto, mientras, el vendaval arranca de cuajo tejados, persianas y canaletas. Judy Garland sonríe de nuevo, levántandose en batín de su sofa. Las vacas flotan sobre las nubes y apagan con sus mugidos las plegarias de los refugios subterráneos. La niña aguanta, los nudillos blancos por la tensión acumulada. Un arriesgado reportero sale de su agujero y se lanza heróico a su rescate. Dale en ráfaga que voy, Pullitzer. Lo vemos caer por dos veces antes de que vuelva a su escondrijo, rebuscándo un pañal entre los contenedores cercanos. El Pullitzer tendrá que esperar. La niña aguanta, aguanta y ya no llora.

La cabina sale volando, catapultada sobre los últimos edificios que protegen la ciudad.

Directo. Los políticos echan cuentas. El presidente de turno se mueve con su prole de acólitos entre los restos de la tormenta, ahora ligera y pestilente brisa vespertina. A su alrededor, una miríada de reporteros asedian a su presa con sus flashes, móviles y grabadoras, mientras éste escudriña con fingida aflicción la deblacle consumada. Ya en el helicóptero, sobrevolando la ciudad devastada, las vacas aún mugen, empeñadas en bajar de su retiro de algodón. Judy Garland se ha sentado de nuevo en su sofá floreado, muy cerca del helicóptero. Ya no sonríe. Un asesor personal le pregunta algo al presidente, elevando su voz sobre el zum zum de las aspas doradas.

Éste, lacónico, responde: -Todo esto es asumible. Eso si, como jode que despeine el puto viento.

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