El descrédito de la clase política es evidente. Los recientes escándalos de corrupción no han hecho sino constatar que las intenciones en política se las lleva el viento -fiuuuuuuuu-, en cuanto descubres con emoción que gestionar el dinero de los demás te permite tener la mano más “alegre” de lo que deberías. Ya lo dijo el pepeísta Montoro, no escandalizarse señores, es consustancial a la naturaleza humana el “choriceo”. Pues también tiene razón el hombre. ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de llevarse de “extranjis” unas pilas del Carrefour? ¿Unos “cederrones” de Sabina en el forro del abrigo o un bote de alubias del ultramarinos de la esquina? Preguntádselo a Wynona Ryder, a Zaplana “el cintas” o al Dioni, verdaderos iconos vivientes del amor a lo ajeno. Sí, aunque estés apoltronado en tu sillón del Congreso, aquí también vale lo de “tonto el último”. Y nuestros políticos de eso saben un rato. Largo.
A mi el “profesor” Neira -héroe nacional- me da grima. Yuyu, mucho yuyu, como diría el asistente del rey Julien decimotercero de Madagascar. Las cosas como son. Y no lo digo a la ligera sino porque yo mismo, que he realizado varios intentos infructuosos de vender mi alma al Diablo, poseo desde entonces la facultad de apreciar en la mirada ajena los pactos vigentes con el señor de las tinieblas. Y éste tiene uno de los gordos. De los que no se firman con un bic, sino con tinta espesa y roja.
Sólo por semejante agravio comparativo me debe Lucifer una explicación. Si, bueno. Sé que no puedo competir con semejante topo asturiano, encumbrado por los palmeros políticos de turno hasta la estratosfera del medallero nacional, pero yo también hago mis pinitos, leches, y no se me tiene en cuenta. Zancadilleo abuelitas los viernes, vendo talegos en las puertas de los colegios, pito penaltis piscineros al Madrid, e incluso comulgo sin el preceptivo carné de feligrés en las fiestas de guardar. Verdaderos pecados de libro.
“I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhäuser gate. All those….. moments….. will be lost in time…. like….. tears….. in rain. Time to die.”
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orion. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos…. momentos… se perderán en el tiempo…como…. lágrimas….en la lluvia. Es hora de morir.
Amenábar es en mi opinión, un buen director de cine. Vaya esto por delante. Cierto es que en la frescura espontánea de Tesis parecía fraguarse algo más -quizá fué excesivamente visionario el augurar un nuevo maestro en ciernes-, pero también lo es, que ni todo el apoyo económico de los grandes mecenas cinematográficos de nuestro país, han conseguido que Alejandro Amenábar consiga despegar como mucho más que una joven promesa eternamente proyectada en el difícil panorama internacional del séptimo arte -recordemos que han pasado trece años ya desde Tesis-.
Alguno apuntará que olvidamos el galardonado recorrido que jalona su filmografía hasta Ágora. Todo lo contrario. Abre los ojos, Los otros, Mar Adentro nadie se atrevería a tacharlas de “malas”, no lo son. Sin embargo, en cada una de ellas, a la par que crecían la exquisitez técnica y los planos académicamente irreprochables, se acentuaba peligrosamente entre tanta limpieza una irritante e incuestionable ausencia de personalidad. El gran enemigo de la genialidad.
El aire levanta los coches como plumas, arranca señales de prohibido estacionar, volatiliza sombreros de copa en la boda pija del sábado, arrastra contenedores, bolsas mugrientas de Carrefour, zapatos sin suela y convenios de separación. Levanta las faldas, los toldos, las capuchas de franela roja de las caperucitas japonesas, hace gritar a los viejos mientras feroz, voltea paraguas, succiona dentaduras, descubre michelines y proyecta condones contra los cristales del concesionario de la esquina. Los reporteros se parapetan tras las bocas de incendios, tras los portales de estuco grafiteado y los ecológicos todoterrenos, apuntando con sus micrófonos a la orgía ventosa, como zarandeadas estatuas de libertad que, indecisas, pretendieran así hacer frente a la furia de los elementos.
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