Yo me crié en un colegio de monjas. Y aunque valió de poco en términos de evangelización neta -o sea que yo de católico más bién poco-, si que me permitió conocer en cierta medida y de primera mano los entresijos de esta curiosa forma de religión. En especial recuerdo las tardes en el frescor dulzón de la capilla, una vez a la semana, cuando el Santi el “cura”, sacaba con medida ceremonia el cáliz de nuestro Señor del relicario y se lo trincaba de un trago como si nada, aduciendo como excusa irrefutable un formal “esta es la sangre de Cristo”. Amén. Nosotros que ya rondábamos los seis años, en plena tormenta de malicia, y fuera aún de la piadosa esfera de casta santidad que deberíamos haber hecho nuestra después de tales sermones vespertinos -nos tirabamos piedras, blasfemábamos, mirabamos las bragas a las chicas-, calculábamos con envidia infantil la cantidad de “lingotazos” que el sacerdote se metia en vena a diario. Cosas de críos.
Hace poco que os comenté la gran cantidad de fauna acuática de envergadura que es facilmente visible en las islas Maldivas. En concreto hablabamos de los tiburones y de como, casi sin quererlo, se convierten en compañeros inseparables de nuestra estancia. Son los reyes del mambo allí; y sin embargo no son los únicos. La isla de Kuramathi goza de otros atractivos igualmente sorprendentes, pero en este caso claramente especificados como reclamo turistico por las compañías de viajes. Hablo de las rayas del Blue Lagoon. Espectaculares “bichitos” que se pasan al caer la noche para saludar en la orilla a propios y a extraños. Todo un espectáculo bajo los focos que bañan la laguna en la noche Maldiviana.
Hoy os dejo este pequeño montaje que grabé uno de esos anocheceres, donde primero con sorpresa y al poco tiempo con curiosidad, nos animamos – a pesar de esas colas que infunden cierto respeto- a descender bajo la pasarela para poder echar un vistazo “in situ” a nuestras nuevas amigas. Aunque mucho me temo que no eran nuestros pies lo que esperaban encontrar.
A mi me cae bién Edurne. Y cualquiera sabe por qué -la verdad es que yo mismo no lo tengo muy claro-. No la conozco de nada y sé de ella -como casi todos los mortales- por sus andanzas en el Himalaya y su intento de ser la primera mujer en coronar los catorce ochomiles. Ayer llegó, después de mucho sufrimiento, de vuelta al campo base del Kachenjunga, la tercera montaña más alta de la tierra con sus 8.586 metros, apuntándose su duodécimo ochomil. Al límite, asistida por dos sherpas y sus compañeros de expedición de “Al filo de lo imposible”, la bajada fué poco menos que un infierno bajo el manto tormentoso de la montaña sagrada.

Pues bién, lo que para el gran público es una gesta indiscutible, dentro del mundillo de la montaña es interpretado y discutido en base a distintos factores de muy diversa índole, y que pueden incluir -unas con razón y otras no tanto- todas o algunas de las siguientes consideraciones: machismo-oxigeno-carrera-purismo-comercial-reality-estilo-cuerdasfijas-peligro-demérito-envidia-viafácil-estiloalpino-huella.
Si, parece un galimatías -lo es-, pero leyéndo algunos de los comentarios que circulan por los foros de “montaña”, quizá podamos hacernos una ligera idea de que se le recrimina a alpinista guipuzcoana (todos los comentarios subsiguientes están sacados de los foros de barrabes.com):
Después de Bowling for Columbine -fantástico documental donde los haya-, uno no puede sino esperar con ciertas expectativas la nueva ración de varapalo preparada por Michael Moore. Y aunque es cierto que con Farenheit 9/11 había perdido un poco la fé en la capacidad “narrativa” de Moore, con Sicko consigue redimirse en cierta medida y retorna a a sus orígenes mas “cañeros”.
Fiel a sí mismo, Moore no oculta en ningún momento su progresismo abierto y mordiente, y sigue vapuleando sin piedad a la ultraconservadora sociedad americana, en esta ocasión, a través de la denuncia de un sistema sanitario completamente privatizado y en manos de los grandes monstruos farmaceúticos y aseguradores, auténticos tiburones cegados por la avaricia y baluartes de la gran incongruencia del sistema sanitario americano: Para maximizar beneficios hay que gastar -o sea, curar- lo menos posible. Si, para echarse temblar.

La garganta de Oldupai es un lugar mágico. Y aunque es cierto que la magia depende del momento y de cada cual, en el aire polvoriento y cálido de sus barrancos -la “cuna de la humanidad”- se respira un “algo” que me atevería a calificar de especial. Perdido el el inmenso valle del Rift -entre el fastuoso cráter del Ngorongoro y el Serengueti-, mientras te sientas en el mirador a comer un huevo duro y un zumo de naranja de sabor indeterminado -muy indeterminado-, no puedes evitar pensar en el lago que fué, y en los restos de nuestros habilis antepasados que dormitan en él desde hace más de dos millones de años. Un suspiro geológico.
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