El monstruo

Escritos, Roma, Viajes No respuestas »

Julio. Desde la suntuosa terraza que domina el Foro, El Monstruo calcula las posibilidades político-inmobiliarias de este nuevo desaguisado. Inútil tocar el arpa, sería apenas audible sobre el grito sostenido que ahoga la ciudad en la noche. Además, el precipitado viaje desde Antium lo tiene enojado, confuso, como una turbulencia interior que pugnara por salir al exterior a traves de un agujero demasiado pequeño. Mientras, en el fulgor de la noche,  sus dedos jueguetean bajo la toga con la recién acuñada moneda de Popea Sabina. Acaba de enterarse de su nuevo embarazo, el que le traerá un hijo y un sucesor al imperio más poderoso del mundo. Roma.

Nerón alza la vista y a su espalda, el Laocoonte, provisionalmente abandonado en una esquina del jardín que domina el Palatino, rebervera tonalidades ígneas, retorcido y manco, evocando en su rostro el dolor encontrado de todos los fines del mundo. Un precioso botín que habrá que reubicar. Antes deberá finiquitar los pequeños flecos pendientes con los senadores, los cristianos, y en especial con los ínclitos Séneca y Pisón. Bastardos deslenguados todos ellos. Debieron aprender de Palas, Rubelio Plauto o Fausto Sila, pero él sabe, con la infalible certeza que da la cercanía a la genialidad y la locura, que no lo harán.

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Maestros

Roma, Viajes 4 Comentarios »

Normalmente las obras maestras deambulan con cierta indolencia y asiduidad por las galerías del mundo. Eternamente inquietas para desilusión de unos, que ignorantes de su peregrinaje encuentran su habitual morada asaltada y vacía -eso sí, con la preceptiva etiqueta de “préstamo”-, y antagónico regocijo para el resto de los mortales que atisbamos en su movimiento la llegada de esa oportunidad remota y acaso largamente esperada. Los museos, las galerías, las pinacotecas, juegan a los préstamos, a la variedad, viviendo y dándo a su vez cobertura multidisciplinar a lo que hoy llamamos “el mundo del arte”. Es por ello que siempre resulta extraordinario encontrar en un mismo espacio a los máximos exponentes artísticos de un maestro en concreto, a menudo condenados en su mismo origen, exiliados por el azar, el interés o el tiempo a varios océanos de distancia. El milagro no obstante, existe. Tan extraordinario y cercano como hollar la galería Borghese de Roma y descubrir, con infinito asombro, el templo en la tierra del maestro escultor Gian Lorenzo Bernini (1598-1680).

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Regateando

Curiosidades, Tanzania, Viajes 2 Comentarios »

Yo soy un inútil completo en el arte del regateo. Ni me da pena el vendedor -esa socorrida excusa- que intenta sacarse lo que buenamente puede para sobrevivir, ni mucho menos pienso en los beneficios del dueño del chiringuito de turno, que -caso de que no sea el mismo individuo- por lo general aprieta a sus empleados desde la sombra con una saña solo comparable a los grandes e implacables Rockefellers de nuestro mundo.  La verdad es que soy, simplemente, un negado. Aunque supongo que también es una cuestión de costumbre, vergüenza y sobre todo de actitud,  pues confieso que me resulta aburridísimo concluir cual es el precio “adecuado” de un artículo en base a los sucesivos montos propuestos. ¿Por qué no pondrán un precio y ya está? Resumiendo, tengo mentalidad de güiri. Que le vamos a hacer.

Así que cuando te encuentras en una situación de regateo obligado, intentas poner toda tu atención en no hacer que lo inevitable se convierta en bochornoso. Vamos, lo que se llama salir con cierta dignidad del trance. También he de decir que la mayoría de las veces no lo consigo, y que por agravio comparativo con el resto de compañeros de viaje, acabo constatando hasta que punto mi pericia en el tema sigue, por mucho que practique, al nivel del fango.

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El granito rojo de Sneferu

Egipto, Viajes, Videos 2 Comentarios »

Sneferu -o también Snefru para los amigos- fué el papi de Keops. Faraón que, para los despistados, tiene el honor de ser -casi con toda seguridad- el constructor la Gran Pirámide de Guiza, la última de las maravillas del mundo antiguo que sigue en pie. Sin embargo, antes de que su hijo se pusiera manos a la obra, Snefru ya había plantado en la arena del desierto Egipcio, y por tres veces, los pilares sobre los que se basaría la edificación de tamaña y colosal maravilla. Me refiero a la pirámide de Meidum, y las Acodada y Roja de Dashur.

La pirámide Roja, magnífica y olvidada por la horda de turistas en la inmensidad del desierto, aún conserva ese aura de desafiante soledad que a pesar de su imponente tamaño, han perdido en cierta medida las grandes pirámides de la llanura de Guiza, asediadas como están por el cordón inmobiliario del Cairo y la omnipresente polución que como una fina película cenicienta oscurece el azul inmaculado del cielo cariota. Además, pasa a la historia por ser la primera que se construyó con caras lisas -antes datan algunas escalonadas como la de Zóser o la de Meidum- y aunque poco queda hoy de sus perfectas paredes de caliza -pues no hace tanto que los egipcios abandonaron su manía de utilizar los revestimientos de las pirámides como material de construcción- es posible ver aún en una de sus esquinas inferiores -igual que en la cúspide de la pirámide de Kefrén o en la Acodada- vestigios del formidable revestimiento que las dotaría aún más si cabe ante los ojos mortales de un aspecto sobrehumano. Un verdadero encuentro con la eternidad.

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Hipnosis, máscaras y arena

Egipto, Pensamientos, Viajes, Videos 5 Comentarios »

0000172463Yo creía firmemente en mi inmunidad a la hipnosis. Incluso me mofaba jactancioso cuando en la televisión, alguna víctima propiciatoria cacareaba al son que el hipnotizador de turno le tocaba ceñudo en su flauta mágica. Y así, feliz, viví durante mucho tiempo. Aislado, distante y escudo ante las vibraciones mentales, la precognición, el mentalismo y la telepatía. El dolor e incluso la alegría, pasaron a un extraño plano existencial donde casi no podían tocarme, y me convertí, casi sin quererlo, en un ente metafísico de proporciones desproporcionadas. Veía la muerte y moverse a la vida, el dolor y la nada, ví el oro y el verde, el incienso y las montañas, e incluso  las ancas de un sapo moteado, fundiendose lentamente mientras se perdía en la turbia profundidad turquesa. Yo era así. El ojo de Dios. Una roca. Incomensurable e inmarcesible en mi redondez exquisita.

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