may 13
Julio. Desde la suntuosa terraza que domina el Foro, El Monstruo calcula las posibilidades político-inmobiliarias de este nuevo desaguisado. Inútil tocar el arpa, sería apenas audible sobre el grito sostenido que ahoga la ciudad en la noche. Además, el precipitado viaje desde Antium lo tiene enojado, confuso, como una turbulencia interior que pugnara por salir al exterior a traves de un agujero demasiado pequeño. Mientras, en el fulgor de la noche, sus dedos jueguetean bajo la toga con la recién acuñada moneda de Popea Sabina. Acaba de enterarse de su nuevo embarazo, el que le traerá un hijo y un sucesor al imperio más poderoso del mundo. Roma.
Nerón alza la vista y a su espalda, el Laocoonte, provisionalmente abandonado en una esquina del jardín que domina el Palatino, rebervera tonalidades ígneas, retorcido y manco, evocando en su rostro el dolor encontrado de todos los fines del mundo. Un precioso botín que habrá que reubicar. Antes deberá finiquitar los pequeños flecos pendientes con los senadores, los cristianos, y en especial con los ínclitos Séneca y Pisón. Bastardos deslenguados todos ellos. Debieron aprender de Palas, Rubelio Plauto o Fausto Sila, pero él sabe, con la infalible certeza que da la cercanía a la genialidad y la locura, que no lo harán.

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Arte
abr 29

Kuma respira con dificultad. Sabe que no podrá aguantar mucho más allí, sentado y ausente bajo la terrible ventisca. A su lado, Homaz ya no habla. Inerme. Como un muñeco al que la inmensa tensión de la ascensión y el precipitado descenso hubiese cortado las cuerdas para siempre. La oscuridad les cerró como una maldición y el angosto corredor descendente no les permitió siquiera improvisar un vivac. Ahora el amanecer mortecino les saluda con sus lenguas de fuego helado. Es la hora de bajar. Bajar o morir. Kuma lo sabe, lo ha visto y escuchado muchas, decenas de veces. Es un Sherpa. La diosa ha hablado. Y sin embargo el cansancio es tan infinito. La tentación de no pensar y dormir junto a su compañero de ascensión tan poderosa, como un canto de sirena sobre el océano de nubes. Dormir. Sólo dormir. Sólo un poco. No pensar…pensar…podría…
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Montañismo
ene 07
Mil novecientos noventa y dos. Bajan del coche como se tiene que bajar. Con una sonrisa de oreja a oreja. El capó, vaporoso en el frío de la noche, refleja en sus ojos el irisado de las luces navideñas y el tráfico, contrario y escaso para las ocho, les deslumbra ocasionalmente mientras se dirigen felices hacia la esquina de los sueños. En el semáforo una niñita con alitas de abejita gordinflona devora un algodón de azúcar, y los villancicos les recuerdan, como si pudiera olvidarse, que es la noche de la Paz y el Amor. El tiempo de la felicidad y el infinito buen rollo. El tiempo de los cascabeles, de volver a casa y de El Corte Inglés. Tiempo de comprar y tiempo de llorar. De alegría.
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dic 10
Hundido en el sofá, he perdido la cuenta de los días que yazco como una marioneta sin cuerdas, flotando grávido entre toneladas de apestosa mugre monocolor, trozos de pizza semiputrefactos y refrescos de cola desventados. Mi camisa de tirantes tampoco es blanca y sus medallas
superpuestas, como ídolos olvidados de un pasado mejor y que ahora limpio con denuedo religioso cada hora, destacan sobremanera en el trasfondo grasiento y húmedo de alcohol barato que destila mi vida. Tampoco recuerdo que fué de la luz, ni desde cuando la televisión se ha convertido en mi único vínculo con el más allá.
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nov 04
El aire levanta los coches como plumas, arranca señales de prohibido estacionar, volatiliza sombreros de copa en la boda pija del sábado, arrastra contenedores, bolsas mugrientas de Carrefour, zapatos sin suela y convenios de separación. Levanta las faldas, los toldos, las capuchas de franela roja de las caperucitas japonesas, hace gritar a los viejos mientras feroz, voltea paraguas, succiona dentaduras, descubre michelines y proyecta condones contra los cristales del concesionario de la esquina. Los reporteros se parapetan tras las bocas de incendios, tras los portales de estuco grafiteado y los ecológicos todoterrenos, apuntando con sus micrófonos a la orgía ventosa, como zarandeadas estatuas de libertad que, indecisas, pretendieran así hacer frente a la furia de los elementos.
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