…
- Ven Lalí.- Y viene mostrando su dulce sonrisa. Me mira
interrogante, pero su alegría no se borra, nunca se borra.
Espera. Lalí es mi sueño. Mi corazón. Cinco años de luz y
de vida bajo la miseria de la ciudad olvidada. De Calcuta.
Mira. Vuela el tilak de barro en su frente. Lalí me mira.
Observa el cielo estriado, cargado de presagios, y sobre el azul
blanquecino, el recortado hirsuto de mi piel. Mi mano cubre su
cabeza. Infinita dulzura. Pronto lloverá. – Radha, no pude retenerte
en el inflexible diapasón de tumulto y fango, y mi flaqueza la
pagaste con el mejor regalo de la tierra. Te quiero. Te quiero en el
hambre que no sientes. En el vacío que dejaste tras la tormenta.
La muerte está aquí, este es su reino, y su instinto subyuga
ferozmente el sentimiento.- Lalí recoge en su dedo la mañana
y la hace brillar, descalza, sobre un claro. – Papá. -
Y sólo sé ya que soy feliz. Incomprensible, decididamente feliz.
Vayamos a buscar algo de comida.
…
¿Qué puede transformar a un ‘fps‘ de vulgar y repetitivo “mata-todo” en obra maestra? ¿Cuál es la diferencia que nos lleva con rotundidad a asegurar que jugamos a algo sublime, diferente, moviendonos sin embargo en un espacio tan trillado -desde los clásicos Doom o Wolfenstein- como los ‘juegos de disparos en primera persona’? ¿Puede acaso renacer lo monótono trasmutado? ¿Es posible reinventar lo inventado? Bioshock -desarrolado por 2K Boston, antes Irrational Games- viene a confirmarnos que el talento todo lo puede. Y lo puede a través de la inmersión creativa. La capacidad de transmitir, de llegar con fuerza, generando emociones nuevas e intensas en base a una espectacular dirección artistica, jugabilidad y una narrativa envolvente y poderosa. Pues si de algo puede presumir Bioshock es de haber conseguido sublimar el género en obra de arte. Algo que en mi modesta opinión, no había conseguido nadie hasta ahora.
Me estoy haciendo viejo. Y blando. “Camino” de Javier Fesser era otra de esas peritas en dulce, preparada desde su victoria en los Goya -con cinco estatuas del ilustre sordito – para finiquitarla sin compasión, rapidito, como una muestra más de nuestro efímero y grisáceo cine patrio.
Así que me senté sin demasiadas expectativas, con el cuchillo entre los dientes y volvió a ocurrir. Como con “Pe” -¡Cachis!-. ¿Cómo es posible? ¿Dos ‘gatillazos’ en un mes? Si parece que tengo los ojos vidriosos y todo -¡Dios! ¿es esto salado una lagrimilla? Ay,ay,ay,ay- Espero no haber llorado o mi mujer me pinchará con sorna. Tranquilo, disimula. Un par de sesiones intensivas de “Rambo IV” y todo volverá a la normalidad. Respira. Volverás a ser un machote, seguro, a afeitarte ‘a pelo’ -con navaja, sin espuma- y a mirarle el culo a las mujeres por la calle. Ya sabes, si es necesario puedes hasta mascar tabaco. ¡Prrrfffffffffff! Lo dicho, respira a ver…
Canal 9 da miedo. Sus informativos son como un “Aló presidente” descafeinado, igual de libres, sí, o sea, no, pero sin un Chávez provocador y justiciero soltando lindezas a diestro y siniestro. No, allí todo esta medido, estipulado, cuadriculado, hasta los presentadores parecen maniquíes robotizados, planchados al milímetro, almidonados, secuaces lobotomizados al servicio de la más abyecta de las aberraciones periodísticas: la manipulación.
Ver un informativo de Canal 9 es una de las experiencias más tristes y vergonzosas a las que uno puede, televisivamente hablando, enfrentarse. No importa del signo político al que creas pertenecer. Es un torrente continuo e incesante de parcialidad demoledora, como si cien mil “Urdazis” -que, todo sea dicho, no pasaría aquí de pinche de tercera- cacarearan al unísono y al servicio del régimen establecido las consignas del día. Qué bonitas. Una pena que sean las mismas del día anterior. Y del anterior. Y del otro. Y del otro. Cántala otra vez Sam.
Foto tomada en la playa de la Malvarrosa en noviembre de 2008. La viñeta pretende realzar el centro de la foto donde se produce la diagonal -perdón- , el triángulo de miradas. Postproceso con ajuste de saturación, exposición y niveles con la intención de potenciar la sensación de frialdad propia de la época, pero a la vez, intentando no perder la calidez del momento.
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